Reflexiones Peruanas Nº 237: El Tablista Madrugador
5:45 de la mañana. Hay pocos pasajeros en la combi que me lleva por la avenida Arequipa hacia Miraflores, donde espero nadar al menos 2,000 metros en la piscina.
Pasando Santa Cruz, en medio de la penumbra, un individuo de abundante cabellera alza la mano para que la combi se detenga. Por su short encendido, su casaca con las mangas remangadas, sus sandalias y la toalla que lleva en la mano, deduzco que es un tablista que quiere aprovechar las primeras olas del día.
-China hasta Balta[1] –le dice al cobrador y se recuesta con desenfado, como si estuviera en algún sillón de su casa.
Al cobrador sólo le queda aceptar la moneda de cincuenta céntimos, pese a que lo llevará casi treinta cuadras.
Es el primero de muchos pasajeros que durante el día procurarán pagarle lo mínimo indispensable. Los peruanos nos consideramos normalmente un pueblo generoso, pero dudo que los cobradores de combi estén de acuerdo en ello… y tampoco los taxistas. Es más, con frecuencia escucho personas jactarse de cuán barato les salió el taxi, gracias a un conminante regateo. El empleado de una AFP sonríe satisfecho: “Yo salgo temprano para mi trabajo, porque sé que si soy el primer pasajero, el taxista atracará cualquier precio”.
En una sociedad, donde se vive tanto de apariencias y ostentación, pareciera también de buen gusto ostentar la mezquindad, si se dirige hacia alguien más débil. Muchas personas que dependen totalmente de huachimanes, empleadas o personal de limpieza, no son capaces de brindarles un trato digno.
La ignorancia es una buena forma de acallar la conciencia: para muchos jóvenes, es un tabú averiguar si sus padres pagan a la empleada del hogar gratificación o CTS. En algunas universidades, alumnos o profesores prefieren ignorar cuánto pagan los services a los trabajadores de limpieza o los huachimanes. Una amiga me escribió hace unos años: “A mí me choca especialmente la gente de ONGs, los sociólogos, intelectuales y otras personas que dicen luchar por el cambio social y son tan peseteros con el gasfitero, el albañil y cualquier otra persona que vive de su trabajo”.
En algunos lugares de visible prosperidad, como Gamarra o el sector turístico del Cusco, muchos empresarios pagan a sus trabajadores menos del sueldo mínimo y, a veces, los obligan a trabajar en total precariedad. “En la avenida Balta, las jaladoras de las tiendas de ropa pasan hasta doce horas de pie, almuerzan sentadas en el suelo y no reciben ni 250 soles al mes”, me refiere un amigo de Chiclayo.
La falta de consideración no sólo se da en lo económico, sino en las condiciones de trabajo: un ejemplo muy triste se da en las combis más pequeñas, esas que no deberían circular por lo incómodas que son. En ellas, muchos pasajeros, aunque haya otros lugares disponibles, ocupan el único asiento donde podría sentarse el cobrador, forzándolo a viajar encorvado durante diez o doce horas.
La explotación y la mezquindad terminan generando un círculo vicioso: pagar mal y poco a los guachimanes o las empleadas del hogar lleva a que no tengan ninguna motivación, realicen su tarea con desgano y en cuánto puedan se marchen. Lamentablemente, si un trabajador explotado reclama, existirán diez dispuestos a aceptar su puesto. En un país como el Perú, dejarse llevar por la ley de la oferta y la demanda implicaría pagar sueldos totalmente miserables. “Lo justo sería pagar por encima del mercado”, dice un amigo economista.
Sería ideal que el Estado interviniera para proteger a los trabajadores o que éstos se organizaran para enfrentar la explotación. Sin embargo, ambos supuestos parecen poco cercanos. Por ello, a las personas que tienen más sensibilidad, les corresponde poner de su parte para formar una sociedad más justa.
Hace unos años, en Catacaos, unos amigos me insistían en que regatee a un vendedor de artesanías respecto a unos precios que a mí ya me parecían bajísimos.
-En todo caso, ese dinero él lo necesita más que yo –les respondí.
Pensar de esta manera ayuda en la combi a pagar un sol en trayectos donde otros sólo quieren pagar cincuenta céntimos.
Afortunadamente, en el taxi, varios amigos y familiares míos, si la distancia es más larga de lo que pensaban o si el taxista pidió una cantidad muy pequeña, le entregan una propina, una práctica común en otros países, pero que en el Perú todavía es insólita. En mi caso, yo suelo ser un poco ceremonioso:
-Señor, ¿le molestaría que le diera un sol más?
-¡Cómo me va a molestar! –sonríen.
En nuestras calles, donde tanta gente quiere madrugar a los demás, un sol adicional quizás no hace a una persona feliz, pero por lo menos le puede alegrar el día.
[1] “Te pago cincuenta céntimos hasta la Bajada Balta”, por donde se desciende a una playa muy visitada por los tablistas.
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