martes, febrero 18, 2014

RP 499: Del Amor por los Animales a la Violencia Irracional

Una noche de domingo en el Parque Kennedy de Miraflores.   Es julio del año 2012.   Han pasado pocos días desde que la policía mató a cinco personas en Bambamarca y Celendín y torturó a Marco Arana en la comisaría de Cajamarca.    Súbitamente escucho gritos y arengas.   Mi primer pensamiento es que se trata de una manifestación de protesta por esas muertes y todas las demás que se venían produciendo durante el primer año de gobierno de Ollanta Humala.  
Me acerco a los manifestantes, que cargaban banderolas y pancartas frente a la iglesia y me entero que gritaban porque, según ellos, en una de las torres del templo había un gatito que nadie alimentaba. 
He estado en muchas manifestaciones contra la impunidad, las violaciones a los derechos humanos o la corrupción, pero nunca había visto manifestantes tan exaltados y agresivos.     Su forma de ayudar al gato era insultar repetidas veces al párroco, llamándolo cura satánico, entre otras expresiones y ofender a todo el que se atreviera a sugerir que el famoso gato no existía o que ya había sido retirado.   Me pareció, por la forma como gesticulaban y gritaban, por su rechazo a entender las palabras que otros decían (interrumpiéndolos constantemente con insultos) que varios de ellos tenían graves problemas psicológicos.
La violenta protesta originó que la misa dominical tuviera que realizarse a puerta cerrada, con un cordón policial.   Los animalistas siguieron gritando durante varios días: el sábado siguiente lograron irrumpir en la iglesia, interrumpiendo sucesivamente una boda y un bautizo.   Me causaba perplejidad que aterrorizar a unos niños de pocos años de edad pudiera ser parte de una campaña por la ternura hacia los animales.     
Yo considero que las prácticas de maltrato a los animales como las peleas de gallos o corridas de toros deberían ser prohibidas, pero me preocupa que en el Perú el amor por los animales esté llevando cada vez a más personas a la violencia.    Hace años me quise sumar a una protesta antitaurina en la calle, pero me aparté debido a los insultos y las expresiones sanguinarias (“¡Córtate las venas!  ¡Queremos las orejas del torero!”).    Sé que muchos antitaurinos no son violentos, pero lamentablemente está creciendo la violencia de las personas que dicen defender a los animales.
El caso de Tadashi Shimabukuro resulta especialmente grotesco, porque él mató a un gato en el año 2008.    Aunque el Código Penal sanciona este hecho como falta, prescribió hace bastante tiempo.   Sin embargo, los violentos animalistas han acudido a su casa, lo han agredido con un megáfono y han seguido vociferando al punto que la familia ha tenido que mudarse.   De hecho, algunos se jactan que lo atacarán hasta volverlo loco y otros han amenazado con violar a su enamorada.
Me pregunto cuál es el límite entre el afecto “normal” por los animales y la desviación que refleja problemas psicológicos.  Algunas damas limeñas acaudaladas quieren tanto a sus perros que celebran su cumpleaños.   Es más, les realizan “fiestas temáticas”, en la que todos los perros de sus amigas ataviados como hawaianos o personajes de Viaje a las Estrellas.   A mí me aterra cuando en los manos de esas señoras, el animal ya no es un animal, sino una parodia de ser humano.     
En el otro extremo de la escala social, conozco al menos dos casos de mujeres que pasan serios problemas económicos, pero han decidido dejar de trabajar para dedicar todo su tiempo a atender a los gatos que recogen.   Sus familiares, que tampoco tienen muchos recursos, deben mantenerlas y mantener a sus gatos. 
Frente a quienes en el mismo parque Kennedy gastan mucho dinero en llevar comida a los gatos que allí se encuentran, muchas personas me dicen que son dueños de hacer lo que desean con su dinero.  Lo sorprendente es que, cuando se les pregunta por qué no ayudan a la gente pobre en el Perú, ellos sostienen que los pobres son malos o pueden robar o hacer daño.   Inclusive los niños pobres pueden robar.   Otros defensores de los animales racionalizan su preferencia, con el argumento que son seres indefensos, mientras los seres humanos pueden siempre defenderse.  
Yo creo que hay un tema de fondo: el menosprecio por los demás peruanos.  Lo he visto en varias ocasiones: cuando el perro Lay Fun mató de manera atroz a Wilson Paredes y la muerte de éste parecía merecida e irrelevante o cuando se produjeron trágicas muertes en el desalojo de la parada y para muchas personas, lo único trágico era la muerte de una yegua. 

En mi opinión, cualquier persona que haga una fiesta temática a un perro o que deje de trabajar para atender gatos, requiere ayuda profesional.    El problema es que el “amor” desproporcionado por los animales está llevando a formar grupos violentos, que insultan por internet, se agrupan para agredir a otras personas y amedrentarlas en sus casas.   ¿No deberían las autoridades intervenir? 

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