lunes, octubre 20, 2008

RP 222: Magaly Medina, morbo y moralina

Panem et circenses (Pan y circo). Este era el lema que acuñaron los emperadores romanos hace 2,000 años. Para mantener tranquilo al pueblo, no bastaba entregarles alimentos: había que entretenerlo ofreciéndoles espectáculos y, si eran crueles, mejor aún. Así, por más dura que fuera la vida, no había que quejarse mucho: siempre era preferible al destino de los gladiadores que morían en la arena o los cristianos devorados por fieras.

El programa de Magaly Medina me parecía una versión televisiva del circo romano, un mecanismo perverso para adormecer la conciencia de las personas y que se preocuparan en cambio por los deslices y desgracias de actrices o futbolistas.

A mi modo de ver, la vida personal de cualquier persona, futbolista, actor o político (sí, ellos también son seres humanos) debe mantenerse en reserva y no es función de los medios de comunicación difundir infidelidades, problemas sentimentales o francachelas privadas, salvo que tengan consecuencias sociales, sea un caso de nepotismo, como el de Raúl Diez Canseco o constituyan delito, como manejar en estado de ebriedad.

No faltan quienes señalan que los procesos judiciales contra Magaly Medina constituyen un atentado contra la libertad de expresión, pero ésta tiene un límite y son los derechos de los demás. Reiteradas condenas penales además han demostrado que Medina falseaba o fabricaba noticias y, así fueran ciertas sus “investigaciones”, es ilegal difundirlas para que sean conocidas por toda la sociedad.

Como sucedió con Álamo Pérez Luna y Alejandro Guerrero, condenados a pagar una reparación civil al Padre Francisco Muguiro, la sanción a Medina puede servir de advertencia para muchos periodistas, o individuos que hacen de tales y, que sin escrúpulos mancillan honras por doquier, una práctica de la cual el diario Correo de Piura es el ejemplo más conocido.

Ahora bien, ¿por qué un programa que se dedica a denigrar al prójimo tenía tanta aceptación? Algunas personas lo veían por simple morbo, como antes a Laura Bozzo o los cómicos ambulantes. Sin embargo, entre sus seguidores más fieles también había personas que serían consideradas “gente correcta”, desde magistradas autoras de importantes libros hasta abogadas comprometidas con los derechos humanos (no voy a decir nombres, no soy Magaly).

-¡Todo lo que hacía Magaly era denunciar a esos futbolistas borrachos y mujeriegos! -clama una secretaria, con lágrimas en los ojos.

Parte del éxito de Magaly Medina era que lograba darle a sus acciones totalmente inmorales una imagen moralizante: en una sociedad donde el alcoholismo y la inestabilidad familiar han generado mucho sufrimiento, aparecía como la justiciera que ponía en evidencia a quienes eran adúlteros, tenían hijos que habían negado, se embriagaban o eran muy afectuosos con personas de su mismo sexo (lo cual en nuestra sociedad todavía es visto como una falta a la moral).

Medina lograba así manipular sentimientos revanchistas: ofrecía el espectáculo de ver a una persona “mala” derrotada. Para muchos peruanos la idea de “maldad” y “castigo” son muy particulares. El viernes pasado un funcionario del Ministerio de Educación sostenía en Abancay que una escolar embarazada debía no seguir estudiando. “¡Merece una sanción o habrá más como ella!” Las circunstancias del embarazo o el futuro de la madre adolescente no le preocupaban mucho.

Sin embargo, el lado más perverso del programa de Medina era que mostraba determinadas debilidades asociadas a determinados sectores sociales, como si la infidelidad y el alcoholismo no estuvieran presentes en la clase alta. Jamás temieron su acoso tablistas o tenistas, que en su mayoría son blancos y provienen de familias poderosas, protegidas por la imagen de “gente decente”.

No es casual que la abrumadora mayoría de los acosados fueran negros o cholos y tuvieran un origen popular: Medina también capitalizaba el sentimiento de envidia que en muchos peruanos produce el ascenso social del otro. Las personas que perjudicaba habían vencido una serie de barreras tradicionales y por eso unos los rechazaban como intrusos. Otros, en cambio, los odiaban porque hacían visible su propio estancamiento. Por eso, también Medina era una especie de “justiciera social” que castigaba a quienes no estaban “en su lugar”. Cuando lograba truncar sus carreras deportivas o artísticas o destruía sus matrimonios, había muchos que se sentían satisfechos. Como en Roma, hace 2,000 años, contemplar el sufrimiento ajeno puede ser muy placentero.

Morbo, moralismo, racismo y envidia eran una combinación exitosa y por eso numerosas empresas auspiciaban su programa y los noticieros y periódicos repetían sus “hallazgos” o imitaban sus métodos. Debido a su respaldo popular, en la última campaña electoral, Ollanta Humala y Alan García acudieron a su programa para sendas entrevistas y Medina se cuidó bien de ser cordial con quien podía ser el próximo presidente.

A veces ella lanzaba una carcajada socarrona, como si pretendiera encarnar toda la maldad de la sociedad peruana. Ojalá hubiera sido así. Mas bien su éxito evidenciaba muchos problemas de nuestra sociedad y, hasta quienes no la veíamos, tenemos que luchar para eliminarlos.

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