martes, febrero 18, 2014

RP 498: Segregación en Ancón

-Están haciendo limpieza –dice un joven vigilante en el malecón de Playa Norte -.  Por eso no se puede pasar.
En ese momento, una pareja, ambos altos y rubios, pasan trotando.   Los vigilantes les abren paso respetuosamente.   Ellos corren, dan la vuelta y siguen trotando por el malecón.  Una señora, con lentes oscuros pasa en su bicicleta también.      No vemos a nadie haciendo limpieza.
-¿Se referirá a “limpieza étnica”? –comenta mi amigo Horacio.
Es evidente que las restricciones ilegales en Ancón solamente se aplican a las personas que no lucen como ocupantes de los departamentos del malecón.     Los vigilantes aplican un criterio étnico para decidir a quién se le impide el paso y a quién ni siquiera se le pregunta adónde va.
En diversos lugares, además, los acceso a la playa están bloqueados con carteles de la Municipalidad de Ancón, que dicen en letras grandes y rojas PROHIBIDO INGRESAR y solo en letras pequeñas añade CON COMIDA.      ¿Hizo la Municipalidad así los carteles?    Lo sospechoso es que la Ordenanza mencionada se refiere al estacionamiento de vehículos.     
En otras playas nos damos cuenta que  existen zonas “reservadas”: si hay sombrillas blancas o de paja.   En Playa Hermosa, además, varias cuerdas cercan la zona reservada y cada sombrilla tiene el apellido de la familia segregacionista (Canaval, Natters y Pinglo son los apellidos que recuerdo).    En esas zonas, los varones juegan fulbito, pese a que los residentes se quejan que “los que vienen de fuera” precisamente hacen eso.    
En Playa Hermosa, dos muchachos osan pasar las cuerdas.   No llevan comida, ni mascotas, sino que simplemente quieren cortar camino hacia la salida al malecón.    Inmediatamente, los residentes hacen una señal y un vigilante de polo celeste, que parece tener su misma edad,  se les acerca y les dice:
-Esta es una playa privada – y los dos chicos deben salir.
Ante esta flagrante situación,  optamos por distribuir nuestros volantes contra la segregación en las playas a todas las personas que están de “este lado” de la cuerda y luego…  entramos a la zona prohibida.   En ese momento, el joven vigilante quiere levantarse, pero cuando ve que somos quienes repartíamos los volantes, se voltea mirando a otro lado.   Nosotros en cambio nos acercamos a él y a los demás vigilantes y les damos los volantes.   Acto seguido nos sentamos en la arena.  
Este gesto genera en la playa una conmoción entre los residentes, que no habíamos visto en Naplo o en Asia.    Nos lanzan miradas iracundas, comienzan a murmurar disgustados y se acercan enfurecidos a reclamarle a los vigilantes.   Cuando éstos les enseñan los volantes, la cólera los ciega.  
Un hombre de polo a rayas, gordo, casi calvo y canoso, llega furioso a decirnos que la gente “del otro lado” es sucia y sin cultura y que deberíamos fotografiar la basura que dejan.    Asentimos y nos quedamos un rato más, sintiendo el odio racial cada vez más fuerte a través de las miradas despectivas.   Cuando nos vamos, el hombre de polo a rayas sonríe y bebe su cerveza, triunfante.   Al costado de la zona reservada, una mujer, con delantal y libreta espera las órdenes de quien desee consumir más alimentos.    No se atreve a pisar la arena prohibida y espera sumisa ser llamada.    
No es verdad que las “zonas privadas” sean más limpias.  Encontramos bastante suciedad, cajetillas de cigarrillos, puchos y otros desperdicios.   Nos pareció curioso que los residentes pudieran pagar vigilantes, pero no personas que limpian. 
Para dar un panorama final: a lo largo del malecón de Ancón, pueden encontrarse tres tipos de personas: los residentes, en su abrumadora mayoría de ascendencia europea; los veraneantes, de rasgos mestizos o andinos y el personal de servicio de los residentes, físicamente muy parecidos a los veraneantes, pero que, para distinguirse de ellos, debe llevar polos de diferentes colores: rojo para los que pedalean los triciclos; celeste para los vigilantes de Playa Hermosa; amarillo para los empleados de la poderosa APANCON, la Asociación de Propietarios de Ancón, que, naturalmente, agrupa solo a los propietarios de los departamentos del malecón, no a todos los propietarios del distrito.
Un detalle importante: no vimos a ningún veraneante ebrio o con comida.   En realidad, los residentes se aíslan simplemente porque no quieren alternar con sus compatriotas.  
A pocos pasos del malecón, frente a la Municipalidad, se encuentra la estatua de Túpac Amaru y Micaela Bastidas, inaugurada por el actual Alcalde, John Barreda, que el año pasado promulgó una Ordenanza contra la discriminación que nadie en Ancón parece conocer.   

Si Túpac Amaru y Micaela Bastidas estuvieran vivos, tendrían mucho que hacer en Ancón.  

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