domingo, octubre 12, 2008

Reflexiones Peruanas Nº 221: Sobre vivos, muertos y corruptos

En 1855 después de la abolición de la esclavitud, Ramón Castilla dispuso aprovechar la prosperidad del guano para compensar generosamente a los antiguos propietarios (la idea de reparar de alguna forma a los esclavos no se le ocurrió). Muchos propietarios, para obtener mayores beneficios, hicieron pasar como vivos a muchos esclavos fallecidos, con la complicidad de los funcionarios que otorgaban las ansiadas compensaciones.

Situaciones como ésta demuestran cuán arraigada ha estado la corrupción en el Perú. Por eso, mientras la prensa, al cubrir sucesivos escándalos focalizan la responsabilidad en algunos individuos, a quienes denomina “los corruptos”, yo creo que la corrupción, como el alcoholismo, la discriminación o la violencia familiar, debe ser enfrentada como un problema social y resulta fundamental intervenir en los entornos socioculturales que la producen y mantienen.

Por ejemplo, cuando empleamos esa palabra “corrupción” solemos pensar en alguien lejano y vil. Reemplacémosla por “viveza” y encontraremos un fenómeno mucho más cercano a nosotros.

“Tienes que ser vivo. No seas zonzo”, es el consejo que reciben millones de niños peruanos, normalmente de alguien que los quiere. Así nuestra sociedad promueve una marcada distorsión moral. El mensaje que padres, hermanos mayores o buenos amigos transmiten es: “Actúa siempre pensando en tu conveniencia y, si perjudicas a otro, es su problema. Las normas sólo se cumplen cuando no puede evitarse. Hay que quedar bien con el que tiene poder o dinero”.

La corrupción es una forma de viveza en la que aparecen comprometidos recursos públicos, pero la viveza es un fenómeno cotidiano en nuestra sociedad, desde el estudiante que paga a un compañero para que le haga una monografía, hasta el ama de casa que compra un celular robado, desde el director de una ONG que presenta como una actividad laboral un viaje a Cartagena con su amante, hasta la secretaria que obtiene una comisión de un hotel por cada evento que organiza allí su institución.

Ahora bien, resulta evidente que en la mayoría de escándalos de corrupción estén involucradas personas sin mayores necesidades económicas. Estoy convencido que hay quienes han interiorizado tanto determinados comportamientos inmorales que, simplemente, no pueden hacer otra cosa. “Mi jefe ya había salido de su anterior trabajo por un escándalo, pero apenas llegó, comenzó a tejer una red con algunas empresas para favorecerlas en las licitaciones”, me comenta un funcionario de EsSalud. El problema es que muchos de los que han asumido la corrupción como forma de vida encuentran un entorno protector en determinadas estructuras partidarias, como el aprismo o el fujimorismo y que dichas estructuras emplean redes de corrupción para fortalecerse.

Sin embargo, la corrupción no está vinculada solamente a una búsqueda del lucro personal o el poder político. En el Perú, las prácticas de corrupción están ligadas a una forma de llevar a cabo las actividades económicas: empleando diversas influencias para lograr decisiones favorables de los funcionarios públicos.

No necesariamente se pagan sobornos, pues existen múltiples mecanismos: a veces, simplemente logrando que el Presidente inaugure una nueva fábrica. Otras veces, un funcionario con mucha experiencia en un organismo regulador es contratado por una de las empresas reguladas, para que emplee en provecho de ésta todo su conocimiento y relaciones. Lo mismo sucede con un empresario minero que pasa a ser Ministro de Energía y Minas por una temporada y luego regresa a su empresa.

Puede tratarse de iniciativas a alto nivel, como las gestiones de los jerarcas de la Daewoo, en tiempos de Fujimori, que les permitieron inundar el Perú de Ticos, prohibidos en el resto del mundo. Otras veces, es una estrategia local, como las relaciones que la empresa Carteleras Peruanas establece con diversas municipalidades (RP 218). Las buenas influencias son importantes también para amedrentar ambientalistas o dirigentes indígenas, como los casos de Majaz, Doe Run, Yanacocha o Pluspetrol.

Las concesiones son una buena oportunidad para empresas y funcionarios sin escrúpulos como ocurrió con la “vía expresa” del Callao, los servicios de agua de Tumbes o Pacasmayo y la “reparación” de pistas en Lima. Parece ser que otra buena oportunidad han sido la venta de los terrenos del Ministerio de Educación y del Aeroclub de Collique.

En otros casos, se busca lograr beneficios para toda una actividad económica, como cuando las empresas tabacaleras bloquearon durante tres años el reglamento de la Ley 28075 sobre restricciones al consumo de cigarrillo. Curiosamente, la promoción que las autoridades realizan sobre el pisco coincide con el bloqueo de un reglamento similar sobre la publicidad de bebidas alcohólicas.

Cuando la relación entre el poder político y los intereses económicos está tan arraigada, los casos de corrupción que la opinión pública conoce son apenas la punta del témpano. Para enfrentar este problema, los empresarios deberían aprender a hacer negocios sin llamar a sus amigos ministros o directores nacionales, ¿estarán dispuestos a ello? El problema es que los empresarios, como la mayoría de peruanos, han aprendido a jugar a ser siempre los vivos, como quienes antaño resucitaban a los esclavos muertos.

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1 Comments:

At 10:39 a. m., Blogger Marisol Rosa said...

Estimado Wilfredo:
Saludos.
Le felicito por haber hecho aterrizar a un punto muy cotidiano un tema escandaloso y condenable como es la corrupción en los altos niveles gubernamentales.
Creo que es el momento de reflexionar sobre nuestra contribución en la lucha frontal contra la lacra de la corrupción empezando por casa.
Un ejemplo: hace dos meses subimos a un taxi en el Megaplaza rumbo a casa con mis hijos: Shalom de 3 años, dijo "mami tu celular está sonando" y David de 10 buscó en el asiento y me lo mostró con una carita sonriente y sorprendida, pues no era mi celular. Yo lo ví y le hice una seña para que no dijera nada más. Luego de un viaje de 8 minutos y poco antes de llegar a casa le dije a David: ¿puedes mostrar ese celular al conductor del taxi, tal vez conozca al dueño?. El taxista respondió a una llamada del instante y se comprometió a llevarlo luego a la casa de la dueña.
Por su puesto, que en los pocos minutos que duró el viaje, tuve que tomar una gran decisión: qué enseñanza quería darle a mis hijos.

Creo que en cada instante, debemos tomar decisiones entre "aprovechar la situación" o pensar "si alguien que podría ser nuestro hermano estaría perdiendo algo".

Marisol Egúsquiza Ortega.

 

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