lunes, julio 06, 2009

Reflexiones Peruanas Nº 259: Una Gauchada al Salir del Túnel

-¡A Lima! ¡A Lima! ¡Falta uno para salir! –gritan los jaladores, corriendo en medio del tráfico para disputarse los posibles pasajeros, que aferran sus mochilas y maletines.


He llegado al cruce de las avenidas Real y Mariátegui en Huancayo para abordar un colectivo a Lima y podría pensar que estoy siendo atacado por una nube de pirañitas, de no ser porque los jaladores están entrados en años y subidos de peso. Unos policías conversan indiferentes, parados en una esquina.


Finalmente, subo a un automóvil de color verde, luego de cerciorarme que, en realidad, soy el único pasajero que falta para salir. En el asiento delantero viaja un adinerado médico huancaíno, de unos sesenta años, que parece conocer desde hace tiempo al chofer.


Le pido dos o tres veces al chofer que se ponga el cinturón de seguridad, pero él se encoge de hombros. El médico, también sin cinturón, me mira como quien hace una recomendación absurda y le insiste al chofer que debe llegar temprano a Lima para un compromiso.


Pilcomayo, Sicaya, Sincos, Mito... los pueblos de la margen derecha del Mantaro se suceden unos tras otros en la carretera, sin que el colectivo aminore la velocidad al atravesar ninguno de ellos. En la ruta, el vehículo adelanta a todos los vehículos que encontramos, sin respetar curvas ni pendientes. Entretanto, quizás para relajar a los pasajeros, el chofer coloca un disco de una cantante andina, para mí desconocida. Las canciones están llenas de reproches y sufrimiento. Cuando llegamos a La Oroya, al menos quince veces han traicionado a la pobre mujer.


-Voy a conseguir los boletos –dice el chofer.


Para mi sorpresa, no vamos a un paradero o una agencia de colectivos... sino a una tienda de “venta de boletos”. Una señora de cabello teñido y modales toscos vende boletos registrados por Sunat para la ruta que uno quiera: Huánuco, La Merced, Cerro de Pasco o Lima, de ómnibus o colectivos. Resulta extraño cómo la informalidad se disfraza de formalidad.


Reanudamos la marcha y encontramos muchos más camiones, ómnibus y colectivos y a todos el chofer adelanta temerariamente. Reemplaza a la sufriente cantante por unos boleros especialmente tristes, mientras conversa con el médico sobre algunos conocidos huancaínos.


Después de Casapalca, encontramos sucesivos túneles. El médico comenta cuán largo le pareció el túnel San Gottardo, que atraviesa los Alpes, en Italia. El chofer no le presta demasiada atención, porque está concentrado en adelantar a otro vehículo, en pleno túnel.


A la salida, encontramos un patrullero y un policía nos hace señas para detenernos.


-A propósito se ponen allí para sorprender a la gente –protesta el chofer, totalmente inconsciente que ha cometido una infracción.


-Dale esto –le dice el médico, entregándole diez soles -. Dile que estamos apurados.


El chofer se baja y se dirige al policía. Ambos se alejan y las negociaciones parecen prolongarse de manera inusitada. Cuando por fin éste regresa, enrumba la marcha sin hablar.


Sólo varios kilómetros después explica lo que sucedió:


-Te atraco los diez soles –le había dicho el policía -, pero tienes que hacerme una gauchada.


Hasta donde yo recordaba, gauchada era una buena acción, pero este caso es diferente: a la salida del túnel estaba otro vehículo estacionado, donde viajaba una familia. La gauchada solicitada era que el chofer fingiera que le pagaba al policía una suma mucho mayor para evitar que le quitara la licencia.


-Así tenía asustado al pata que estaba en el auto y a su señora – indica el chofer.


-¡Cuánto le irá a sacar! ¡Acaso setenta soles! –añade el médico.


Ellos comentan algo que ya sé: que las familias viajeras son el blanco predilecto por los policías extorsionadores. Yo pienso en cómo la falta de escrúpulos puede hacer que colaborar con una extorsión parezca una buena acción. El chofer está también habituado a ese mundo: él cuenta que, cuando algún policía nuevo le reclama una suma elevada, él insiste en ir a la comisaría. Sabe que a los policías no les conviene porque el comisario se quedará con toda la coima.


Recién entonces me entero que se trataba de un chofer “periodiquero”, es decir de aquellos que cada mañana llevan los periódicos limeños a Huancayo, y por eso realizan múltiples maniobras arriesgadas.


En los meses siguientes a este episodio he hecho el recorrido entre Huancayo y Lima varias veces (evitando siempre a los “periodiqueros”) y siempre he visto policías detener vehículos para realizar cobros por infracciones reales o supuestas. En ocasiones, se paran en la mitad de la pista, con la mano extendida, como mendigos uniformados. A veces piden la gauchada de una jalada gratuita a Huancayo o Lima. Últimamente, algunos choferes prefieren seguirse de frente, mirando a los policías con desdén. Me pregunto: ¿cómo puede respetarse la ley si quienes la deberían hacer cumplir se comportan de esta manera?

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