miércoles, mayo 27, 2009

Reflexiones Peruanas Nº 253: El chofer del automóvil dorado

El automóvil era amplio, antiguo y bien conservado. Su color dorado brillaba ante el sol de un verano que se resistía a marcharse. El conductor, de unos treinta años, blanco, de cabello negro, vestido formalmente, estaba parado al costado. Su elegante vehículo se había quedado detenido en plena intersección de dos solitarias calles de Jesús María y él no tenía forma de moverlo para hacerlo arrancar.


Pasaron dos jóvenes de rasgos andinos, con ropa deportiva y gorra. El conductor esquivó su mirada, intentando inútilmente ocultar su temor. “Evite hacer contacto visual”, dicen algunos manuales de seguridad. Los muchachos, obreros de una construcción cercana, siguieron su camino, distraídos en su conversación, sin ver el automóvil malogrado.


Apareció otro transeúnte, algo mayor, caminando apurado. Llevaba un polo que decía Máncora y una gorra negra, que decía Basta de Racismo. El conductor desvió la mirada nuevamente. El transeúnte, que era este cronista, lamentó que el conductor estuviera tan atrapado por la paranoia frente a la delincuencia y por los prejuicios raciales que fuera incapaz de pedir ayuda.


Seguí mi camino, fingiendo indiferencia, pero en mi interior se producía un intenso debate: “¿Por qué no lo ayudas? ¿Será que no te da pena porque es blanco?”. “¡Si me pidiera ayuda, claro que iría a empujar el auto!”. “Anda a ayudarle. No es culpa suya que esté asustado: su entorno social le ha creado temores hacia los desconocidos, más aún si son de piel más oscura”. “Pero si me acerco, va a asustarse más de lo que está. De repente tiene una pistola”. “¿No serás tú el paranoico y racista? “¡No! No quiero llegar tarde a mi reunión en la universidad. Seguramente él ha llamado a su seguro”. “¿Y si no tiene? Recuerda que hace unos meses, ayudaste a una pareja a empujar su auto”. “Sí, y me pusieron cinco soles en la mano, como si yo fuera un indigente” “No te sientas humillado por eso. Puedes usar la plata para ayudar a verdaderos indigentes”.


Pronto anochecería. Para mí, de noche y de día, Jesús María es uno de los lugares más apacibles del orbe. Por la expresión del conductor, parecía creer mas bien que sería su última morada.


Por fortuna para el automovilista y para mi conciencia, frente al edificio de donde habían salido los dos obreros, había un joven policía.


-Creo que ese señor necesita ayuda.


-¿Hay que empujar? –preguntó sonriendo.


Quizás estaba entusiasmado por la perspectiva de hacer el bien o quizás pensaba en los cinco soles de propina que recibiría.


Para alguien que normalmente confía en sus conciudadanos, es lamentable escuchar a otros limeños envueltos por la paranoia en relación a ser asaltados. Evidentemente, mi tranquilidad contrasta con la actitud angustiada de otras personas, que repiten sin cesar historias dramáticas y hasta perturban la tranquilidad del prójimo enviando correos electrónicos masivos llenos de tantas advertencias que dan ganas de llevar chaleco antibalas para ir a comprar pan.


Es innegable que en una ciudad con ocho millones de habitantes, existe delincuencia… pero la desconfianza que existe entre los limeños está también ligada al racismo: la mayoría de habitantes, por ser mestizos o andinos tiene “apariencia de delincuente”.


Dicen que uno debe desconfiar de los desconocidos. Yo converso con taxistas, cobradores de combi u otros transeúntes. Dicen que tomar taxi en Lima es un riesgo. El único incidente negativo que puedo recordar al respecto en las personas que conozco, le ocurrió a una prima mía que creyó que el taxista la iba a asaltar… en 1992. Quizás algún día me habrá tocado un delincuente que se hace pasar por taxista, pero supongo que le caí simpático o se rió con mi selección de chistes para taxistas.


Para mí, que llevo a tanta gente a pasear por el centro de Lima, de día o de noche, sin que ocurra ningún incidente negativo, es interesante apreciar que los peruanos son quienes tienen más temor cuando están rodeados por sus compatriotas en el Jirón de la Unión o algún parque. Los extranjeros simplemente ven las caras que esperan encontrar en el Perú.


Hay excepciones, claro. Hace unos meses conocí a una salvadoreña que trabajaba en una organización financiera internacional. Con un mes en Lima, no conocía ni el ají de gallina, ni la chicha morada, ni los alfajores. Jamás salía del perímetro de unas quince manzanas de San Isidro y nunca había tomado un taxi ni menos se había subido a una combi. “Me han dicho que no debo hacerlo”, me dijo. Me dio mucha pena que estuviera tan aislada… pero pensé también que algunos limeños, si pudieran, también vivirían así.


Mientras el policía se dirigía presuroso hacia el automóvil dorado, me sentí aliviado. Seguí mi camino, pensando cuánto tiempo habría esperado el conductor hasta que encontrar alguien de apariencia confiable para pedirle ayuda.

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