domingo, noviembre 23, 2008

Reflexiones Peruanas Nº 227: Los Dioses Desvalidos




Amas y niños en Pimentel


Lo he visto en El Olivar de San Isidro, en los parques de Miraflores y en algunas playas: niños blancos, algunos de ellos rubios, paseando, jugando, aprendiendo a caminar o a manejar bicicleta al lado de sus amas uniformadas sin que ninguno de los padres esté a la vista.

Precisamente, una de las escenas culminantes de Dioses, la última película de Josué Méndez, es cuando unos veinte niños aparecen jugando, cada uno con su empleada, en marcado contraste racial.

Mientras las obras de teatro que se representan en Lima suelen desarrollarse en algún lugar lejano, como Nueva York, Irlanda del Norte o Kabul, el cine peruano busca ser eso, peruano, desde Kukulí hasta Días de Santiago, la anterior película de Méndez. En algunos casos, como Chicha Tu Madre y Muero por Muriel, el argumento podría haberse desarrollado también en otros países, pero se buscó una adecuada ambientación al entorno nacional.

Dioses, sin embargo, es de aquellas películas cuyos personajes sólo podrían existir acá, porque retrata la vida en los ghettos voluntarios existentes en las playas al sur de Lima. La trama sigue a Elisa, la nueva pareja de Agustín, un acaudalado empresario y a los hijos de éste, Andrea y Diego, pero en muchos momentos, como la escena de los niños jugando con sus empleadas, parece que estuviéramos ante un documental.

La película comienza cuando Elisa es acogida amablemente por un grupo de señoras adineradas, pese a “que no conoce a nadie” y a su piel más oscura. De hecho, en la trama, el racismo se manifiesta de manera explícita sólo en algunos momentos, como la broma que lanza Andrea cuando le presentan a Elisa o los comentarios de los amigos de Agustín.

En realidad, la mirada es bastante benevolente: las mujeres se reúnen para rezar, hablar sobre plantas exóticas y planificar obras de caridad, aunque su vida parece ser terriblemente vacía, al punto que ni Andrea ni Elisa soportan su casa. También parece vacía la vida de los más jóvenes integrantes del ghetto, que pasan impulsivamente de una juerga a otra.

Dos escenas grafican este abandono que parece creado por la abundancia: cuando al día siguiente de una fiesta Diego encuentra a su hermana junto con los demás asistentes a la fiesta tendidos unos sobre otros como si fueran cadáveres y cuando, durante otra fiesta, Andrea conversa con sus amigas para intentar recordar quién puede ser el padre del hijo que espera.

Sin embargo, el supuesto aislamiento étnico de los Dioses es falso, porque simplemente no podrían sobrevivir sin sus compatriotas, como Inés (Magaly Solier) y especialmente Nelly (Hermelinda Luján), la empleada de más edad. No sólo se trata de las obligaciones domésticas, sino de la misma existencia. Por eso, Elisa acude a Nelly (y no a los hijos o a Agustín) para solicitar orientación sobre su nueva forma de vida.

Además, en una familia en crisis, el personal doméstico cumple el rol que correspondería a padres, hijos o hermanos de brindar afecto y escuchar, aunque no pueden corregir ni opinar. No es casualidad que las únicas que siguen diciendo Andreíta y Dieguito, son las dos empleadas. Es a Nelly a quien primero confía Agustín el nombre y el destino de Gianluca, el nuevo heredero de la familia. Es Ramón, el chofer de la familia quien recoge a Andrea ebria de una discoteca y la lleva cargada hasta su cama. Cuando Diego deambula de noche angustiado por los deseos que siente hacia su hermana, es tranquilizado por Nelly e Inés, quienes le invitan a jugar voley en la misma playa que a ellas está vedada durante el día.

A Nelly le confía Andrea que ha viajado a Miami y es ella, no una tía, ni la madre, quien acoge a Diego en su casa. Esta parte de la película, filmada en El Agustino, puede parecer algo irreal, pero busca mostrar que en su propia clase social, Diego se encontraba terriblemente solo.

Dioses también juega con los contrastes culturales: Agustín y Elisa organizan una fiesta de estilo flamenco, mostrando el interés de las élites de enfatizar su hispanidad, como se aprecia también en las corridas de toros y el caballo de paso. Cuando la fiesta termina, la imagen hispana es reemplazada por una imagen andina, porque mientras Nelly e Inés limpian, hablan sobre sus patrones en quechua, llamándolos k’ella (ociosos) que pasan el tiempo tusuchkanku (bailando) y puñuchkanku (durmiendo), demostrando que la sumisión que muestran es más un mecanismo de protección.

Quizás el contraste más fuerte es cuando sube en ascensor al lado de una trabajadora de limpieza, sin percatarse de su existencia, mientras ella se siente humillada ante la indiferencia de uno de los Dioses. Pero no es desdén lo que siente Diego: la abundancia no libra a los Dioses de la tristeza y la soledad.

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