domingo, noviembre 02, 2008

RP 224: Descholifícate para triunfar


-El racismo es un problema de Lima -me dicen-, en la sierra no ocurre.

Estoy en un colectivo al Cusco, conversando con tres empleados de la flamante notaría de Curahuasi, “la capital mundial del anís”, donde también se ha instalado la Caja Municipal del Cusco y existe uno de los mejores hospitales del Perú (sí, del Perú).

Es comprensible que mis compañeros de viaje no se sientan discriminados en Curahuasi: el nivel educativo, la formación profesional, el ejercicio de un cargo o la capacidad económica, pueden lograr en el Perú que los rasgos físicos de una persona pasen a segundo plano.

Sin embargo, estos elementos solamente funcionan cuando son visibles o conocidos. El mismo individuo respetado en el lugar donde vive puede sentirse discriminado cuando viaja a Lima, no porque allí sean más racistas, sino porque nadie lo conoce y simplemente lo perciben como “un cholo más”.

Frente a esta posibilidad, muchos peruanos de rasgos andinos procuran siempre enfatizar dichos elementos. Hay quienes en todo momento destacan su título profesional o su buena capacidad adquisitiva.

Algunas personas toman medidas más radicales, buscando descholificar su apariencia, al punto que la eliminación de la nariz aguileña es solicitada a muchos cirujanos plásticos. Sin embargo, son otros los cambios más frecuentes: miles de mujeres en la sierra, cuando son profesionales o esposas de un profesional, procuran ondularse y teñirse el cabello, porque no otorga mucho status tenerlo lacio y negro. Entre los varones, hay quienes disimulan estas características en base al gel o toman la decisión más radical de raparse.

En la mayoría de casos, el factor decisivo para descholificar la imagen es la vestimenta: hace cincuenta años, los primeros migrantes andinos que llegaron a Lima procuraron dejar atrás su indumentaria tradicional. En la actualidad, visitando cualquier universidad en la sierra puede apreciarse el interés casi obsesivo de los jóvenes, hombres y mujeres, por vestirse a la moda, procurando, además, que su ropa tenga varias palabras en inglés.

Sin embargo, no es sólo una preocupación juvenil: he visto magistrados serranos abordar un avión a las 5 de la mañana vestidos con terno, para que la tripulación sepa que está ante funcionarios públicos o ingresar a la tienda Designers para adquirir un terno de 9,000 soles (por si acaso, yo estaba allí sólo para fines antirracistas y no diré el nombre del magistrado). Hasta el modelo de anteojos puede ser importante para tener una apariencia “descholificada”.

Otra estrategia para “descholificarse” es asumir actitudes distantes o inclusive prepotentes, especialmente con quienes son físicamente parecidos. Suele pasar en algunas familias donde no existe mayor diferencia étnica con la trabajadora del hogar.

-Tienes que actuar con autoridad, para que se den cuenta con quién están hablando –comenta un amigo que efectivamente ha logrado, en base a su actitud, que sólo en el extranjero perciban que su facciones son marcadamente andinas.

Conozco gente que no hace mayor esfuerzo por descholificar su apariencia, porque su actividad ya la ha descholificado, como los sacerdotes, los policías o los militares. Otras personas, en cambio, sienten tal temor a ser rechazados que llegan a negar a sus familiares cercanos que visten polleras o inclusive prefieren usar el apellido materno, si el paterno es Quispe, Condori o Mamani (o lo reducen a una inicial).

-Fíjese también en todos los jóvenes que en provincias se vuelven hinchas de la U, para así blanquearse –me comenta un funcionario de la Municipalidad de Miraflores.

Todas estas actitudes reflejan cuán fuerte es la discriminación que estas personas temen para que lleguen a dichos extremos. Quien no se descholifica se arriesga a pasarlo bastante mal, aún en ambientes que nadie consideraría racistas, como reconocidas universidades, prestigiosas ONG o inclusive en Wong.

-Me dicen que los empleados son cordiales, pero a mí me han tocado siempre altaneros-, dice un amigo huancaíno.

En una sociedad tan discriminadora como la peruana, sin embargo, los mismos intentos de descholificación pueden ser contraproducentes: nombres como Jeffrey, Wilson o Emerson se han vuelto ahora signos de choledad, dado que las clases altas y medias prefieren mantener nombres españoles. Actualmente, un chico andino que usa una gorra o un polo que dice Chicago o Boston tiene tantas posibilidades de ser discriminado como si usara chullo y poncho.

La alternativa de descholificarse, puede otorgar alguna seguridad temporal, pero a la larga no soluciona el problema de la discriminación. El camino más adecuado sería valorarse a uno mismo y exigir respeto por cómo uno es. Sin embargo, esto solamente será posible si el racismo es percibido como uno de los problemas sociales más graves de nuestro país. Mientras se siga negando que este problema existe y no haya políticas públicas para enfrentarlo, habrá quienes seguirán intentando descholificarse para ser aceptados.

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