domingo, abril 05, 2009

Reflexiones Peruanas Nº 246: Un japonés en la embajada peruana



Hace unos años, cuando vivía en Londres, acudí a votar a la embajada peruana para las elecciones presidenciales. En el vestíbulo, una chica que estudiaba en Manchester me presentó a un japonés, amigo suyo. Él se quedó esperando, mientras nosotros pasábamos a la mesa de votación.


Cuando regresamos, el japonés estaba confundido:


-Todo el mundo me hacía preguntas en castellano y yo no entendía nada. ¿Acaso no se nota que no soy peruano?


-Mas bien, pareces muy peruano –le respondimos.


A algunos amigos nikkei (de ascendencia japonesa) les ha sucedido lo inverso cuando viajan a Japón: pese a que por sus rasgos físicos podrían pasar por japoneses, se sienten profundamente ajenos a dicha sociedad. Naturalmente, los rasgos físicos no determinan valores ni comportamientos culturales.


Desde que en 1899 llegaron los primeros japoneses al Callao, se establecieron muy pronto por todo el país, desde Huanta, donde comenzó sus actividades comerciales la familia Hiraoka, hasta Laredo, donde décadas después desarrollaría sus inquietudes literarias José Watanabe. Inclusive hubo varios japoneses entre los primeros alcaldes de Puerto Maldonado. Allí, alguna vez, buscando la tumba de Javier Heraud, encontré una especie de capilla llena de inscripciones incomprensibles: era la sección japonesa del cementerio.


La integración de los nikkei al Perú fue tan profunda, que muchos cultivaron la música criolla, destacando Luis Abelardo Takahashi, autor de valses como Malpaso y Peruanidad y decenas de marineras (“¡Qué Viva Chiclayo!” entre ellas). Aunque Takahashi falleció en Japón, sus restos fueron sepultados hace pocos años en Ferreñafe, en un entierro multitudinario.


Los nikkei son un interesante ejemplo de identidades múltiples, pero de ninguna manera el único que conozco: tengo amigos que al mismo tiempo se sienten loretanos y chinos o arequipeños y palestinos. Al menos en el Perú, las identidades no se excluyen, sino que se van sumando.


Una muestra son las pinturas de Jorge Miyagui, quien juega con elementos japoneses y peruanos: un altar budista al lado de una vendedora de emoliente, un personaje de ánime cerca de un ekeko. Cuando una asociación nikkei convocó a una exposición de kimonos, el que elaboró Miyagui tenía las imágenes de Fujimori, Martín Rivas, Montesinos y Cipriani, como una forma de recordar las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el régimen fujimorista: http://www.jorgemiyagui.com/index.php?fp_verpub=true&idpub=133&fp_mnu_id=62.


Alguna vez, viendo una exhibición de sus obras, le pregunté a Miyagui qué significaba el objeto verde que uno de los personajes tenía en la cabeza (pueden verlo en http://www.jorgemiyagui.com/facipub/upload/publicaciones/1/53/galimg/18.jpg).


-Es un autorretrato –me respondió-, y he pintado una palta, por las paltas que tengo en la cabeza.


Creo que una de las principales paltas de muchos nikkei peruanos es que el miembro de la comunidad que más ha logrado destacar es también responsable de atentar contra el Estado de Derecho, una terrible corrupción, numerosas violaciones de derechos humanos, esterilizaciones forzadas a miles de mujeres indígenas y un oprobioso etcétera.


De hecho, cuando en 1990 Fujimori comenzó su imprevisible carrera hacia la Presidencia, muchos nikkei tenían temor por las posibles represalias hacia ellos. En los mayores subsistía el recuerdo de los dolorosos años cuarenta, cuando tiendas y casas de nikkei y japoneses fueron saqueadas, ante la tolerancia de la policía. El gobierno de Prado deportó a casi dos mil personas a campos de concentración en Estados Unidos y confiscó las propiedades de la colectividad, como el actual Colegio Fanning. En tiempos más pacíficos se otorgaría en compensación el terreno donde se encuentra el Centro Cultural Peruano Japonés.


Durante la campaña de 1990, muchos líderes del FREDEMO emplearon el origen étnico de Fujimori como argumento para oponerse a su candidatura y hubo numerosas actitudes racistas hacia los nikkei (y también hacia los tusan o descendientes de chinos).


Años después, en el régimen autoritario y neoliberal de Fujimori, participaron varios nikkei, pero también otros peruanos de los orígenes más diversos (desde Marta Moyano hasta Martha Hildebrandt), lo cual demuestra que la pluralidad étnica en cargos públicos no es en sí misma positiva.


En aquel entonces, eran mas bien las personas que buscaban la democracia quienes comenzaban a referirse a Fujimori como “chino maldito”. De hecho, Jorge Bruce suele recordar que en una manifestación, un grupo de jóvenes coreaba: “¡Chino maricón, lárgate al Japón!”, es decir, racismo, homofobia y xenofobia en una sola frase. Lamentablemente, una motivación positiva puede generar expresiones intolerantes, si no se tiene mayor cuidado en enfrentar algunas percepciones inconscientes.


Ahora bien, los peruanos sabemos bien que llamar chino a alguien no tiene de por sí una carga ofensiva (como tampoco sucede con gringo, flaco o chato). El propio Fujimori se hacía llamar chino en sus mítines y, en realidad, a todos los nikkei que conozco, sus amigos los llaman así afectuosamente.


En pocas horas, esperemos que Fujimori sea condenado de manera ejemplar por las violaciones a los derechos humanos de las cuales fue responsable. Afortunadamente, las contribuciones de tantos nikkei a la sociedad peruana hacen que el legado negativo de Fujimori pase a segundo plano.

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